El gran maestro cubano Lázaro Bruzón ha decidido mirar atrás sin excusas. En un reciente video publicado en sus redes sociales, el ajedrecista reconoció con honestidad los errores que, según él mismo admite, frenaron una carrera que prometía convertirlo en una figura permanente de la élite mundial. Su reflexión no solo revela el lado más humano del deporte de alto rendimiento, sino que también deja una lección valiosa para las nuevas generaciones: el verdadero éxito no depende únicamente del talento, sino de la capacidad de sostenerlo con disciplina y constancia.
Bruzón llegó a ser el número 26 del ranking mundial de la Federación Internacional de Ajedrez en 2005, una posición privilegiada para cualquier jugador y más aún para un cubano formado en medio de limitaciones económicas y deportivas. Había conquistado el título de Gran Maestro a los 17 años y se había proclamado campeón mundial juvenil en el año 2000. Todo parecía indicar que estaba destinado a pelear entre los mejores del planeta durante muchos años.
Sin embargo, el propio Bruzón reconoce que, a partir de los 23 años, comenzó a perder el rumbo competitivo. La falta de organización, la indisciplina en sus entrenamientos y la ausencia de una planificación sólida fueron debilitando el proyecto deportivo que había construido desde la adolescencia. “Comencé a faltar en mi horario”, confesó, al tiempo que recordó cómo desoyó advertencias de personas cercanas que le señalaban que estaba abandonando hábitos esenciales para mantenerse en la cima.
Lejos de justificarse, Bruzón asume hoy que la confianza excesiva de la juventud lo llevó a creer que el talento podía resolverlo todo. También reconoce errores estratégicos, como escoger torneos inadecuados o perder concentración en momentos decisivos de su carrera.
Aun así, su trayectoria continuó siendo notable. Alcanzó un Elo máximo de 2717 puntos en 2012 y siguió conquistando importantes torneos internacionales. Hoy, desde Estados Unidos, donde reside desde 2018 y compite bajo bandera estadounidense, mantiene una voz activa tanto en el ajedrez como en el debate sobre la realidad cubana.
Más allá de los resultados, la reflexión de Bruzón deja una enseñanza universal: llegar al éxito puede ser difícil, pero mantenerse en él exige sacrificio diario, claridad de metas y una disciplina inquebrantable.
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